Subo los tres
escalones, saludo al chofer, miro el boleto buscando el número de mi asiento,
me toca ventanilla. Llego, acomodo mi bolso, reclino el asiento y las ruedas
empiezan a girar.
Algo crece dentro
de mí, incontrolable. Me incomodo, la ansiedad llega, me siento excitado. Es el
andar por los caminos lo que me provoca un “no se que”. Kilómetro a kilómetro
mi mente rompe los barrotes y escapa de la cárcel del cuerpo, me voy sintiendo
libre a campo abierto, emocionado y melancólico a la vez.
Hay momentos,
paisajes, lugares que extrañamente me transportan. Como el sol muriendo en la
infinidad del horizonte, o las noches de luna en el campo. Recuerdo, aún cuando
“chango” pasar el tiempo contemplando las estrellas. Provocan ceguera las luces
que ocultan la belleza del firmamento.
Por la ventanilla
las nubes grises van pasando y como sin tiempo van cubriendo la inmensidad celeste,
una fina llovizna deja su marca en el vidrio. Es el mes de mayo y el paisaje
regala, a quien lo aprecie una variedad de colores, de verdes, de amarillos. El
día va tocando su fin y una bandada de patos va surcando el cielo en busca de
los nidos. Yo también siento que vuelo.
La ruta me
invita, me ofrece su belleza y esplendor. Recorriéndola renuevo las esperanzas,
escapo por un momento de lo cotidiano, de la frialdad de los muros de hormigón,
del ruido y las cosas que me hacen mal. En ella reflexiono. Es un espacio atemporal
de plenitud y existencialismo. No quiero llegar ningún lugar, quiero dejar que
sea la ruta quien me lleve por sus esteros y mesetas, por sus valles y
montañas. Y yo seguirla, sintiéndome así, mimetizado en el paisaje, sabiendo
que no soy dueño de nada, y que por un momento lo tengo todo.
Como una mole que
aturde y aplasta el destino se empieza a dibujar amenazante, rompiendo la
armonía. Otra vez el cuerpo, el frío, las luces,… la rutina de lo cotidiano. Y cuando
bajo esos tres escalones vuelvo a ser solo uno más, caminando indiferente entre
cientos de rostros anónimos y miradas que perdieron el brillo. Me pregunto si
alguien más se siente como yo, si alguien más en algún es capaz de contemplar
tanta belleza. Encuentro los ojos de un nene que me miran y sonrío.
Cuando apoyo la
cabeza en la almohada se que la ruta sigue ahí, ha guardado mis secretos hoy y
me espera. La ruta nunca duerme y yo volveré a andarla, volveré y otra vez seré
libre.
Anitnegra agradece la colaboración, la paciencia, los mates de MAR para la realización de este texto.

1 comentario:
la ruta tiene eso magico y misterioso,mezcla de paz y peligro sera por eso que atrapa y nos hace soñar
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