Puede que ese último trago nos hubo de nublar los
pensamientos, pero la magia permaneció intacta.
Con atrevimiento, pero poco a poco fuimos entregándonos
al juego sagrado de la pasión. Divertidos los dos, nos detuvimos a fumar un
cigarrillo, mientras esa estúpida radio reproducía la guitarra de los hermanos
Young.
Intrépidos, nos recorrimos con la mirada, y nos
fundimos en la rítmica danza de los corazones sangrantes.
Suavemente, sus labios encontraron los míos y yo
hubiera rogado por más. Despojados de todo prejuicio recorrieron mi cuello y mi
pecho mientras sus manos me señalaban el camino. Sin detenerse buscaron en mí los
signos evidentes del viaje hacia las sábanas.
Algunas palabras vulgares al oído, cuando las
ropas, una a una, empezaban a caer.
Fue mágico zambullirme al mar entre sus piernas y sentir
el sabor de sus gemidos. Un trance de nirvana cuando sus labios fueron al
límite y más allá.
Nos unimos en un solo cuerpo al que el fuego
abrazó y su lengua, insolente, derramaba torrentes de la más pura lujuria sobre
mi piel, al tiempo que juntos en un espasmo de placer nos fuimos agotando.
Por un momento la noche brilló con la fuerza de
cien soles, fue el instante en que ella se enamoró de mí y yo de ella, pero duró
solo un momento…
Quería pedirle perdón si hoy no soy capaz de
recordar su nombre, pero llevo grabado el dulce dolor de sus uñas en mi piel, el
hipnótico sonido de su orgasmo y el sabor de su placer. Quería que sepa que no
voy a juzgarla cuando de la mano cruce con él y no me devuelva la mirada.
Quizás algún día, en algún lugar, a la hora menos
pensada nos podemos volver a enamorar.
Después de todo, así es el amor.
** Los hechos que se narran corresponden puramente a la fantasía de un desangelado.

