Este relato se inició una noche por medio de la aplicación WhatsApp. En esa ocasión mi "musa inspiradora" me preguntó; _¿Sabés inventar historias? - y yo le respondí...
Esta historia transcurre en un espacio sin tiempo y trata sobre una mujer que desapareció y a la cual llamaban "La Dama Descorazonada".
Lo que empezó siendo un chismorreo, a lo largo de los años se fue transformando en un sin número de historias y relatos casi fantásticos. Gentes que aseguraban haberla visto aquí y allá, cantando a la sombra de los arboles, cautivando el corazón de quienes la oyen.
Cuentan se trata de una mujer dulce, inocente, cuyos ocasionales amantes la cortejaron y con el tiempo la olvidaron, mas ella llorando escogió el olvido. Con su corazón partido una noche de verano salió a caminar y ya nunca regresó. Nadie sabe explicar bien como fue que desapareció, algunos dicen que se volvió loca por un amor no correspondido, otros que siempre lo estuvo.
Sin embargo, en las noches de plenilunio, a la hora del búho vuelve, y se la suele ver vestida de blanca seda caminando entre los arboles, cantando su melancolía. Su dulce vos tiene el poder de hechizar a los caminantes y viajeros, los atrapa, envuelve en su red, los enamora y ellos jamás vuelven a ser los mismos.
Aquellos que la han conocido reciben su más grande herida al verla partir. Tan cercana y distante, tan dulce y fría a la vez, como el primer rayo de sol de una mañana de invierno que rompen entre las nubes después de la tormenta. Blanca dama de ensueños, más allá del bien y del mal.
Debo admitir que siempre fui una persona escéptica para creer en esas cosas. Sin embargo los relatos sobre ella un día empezaron a intrigarme, sentí crecer en mi corazón el deseo de salir a buscarla y de encontrarla. Al fin de cuentas todos necesitamos creer en algo, y de alguna forma me reflejaba en su tristeza y melancolía.
A mi mismo me reprimía diciendo "no seas tonto, a tu edad y creyendo en cuentos de niñas". Yo tenía un vida, una mujer que me amaba, tan buena como lo hubiese esperado, pero los años no me dieron el amor. Sentía que ella se merecía más, que debía ser feliz y encontrar a alguien que la ame profundamente, y eso era algo que yo no podía darle. La culpa me agobiaba, y en mis sueños crecía la ilusión y la fantasía de aquella blanca dama, a veces hasta podía oír su canto como golpeando a las puertas de mi corazón.
Así fue que un día, antes de la media noche, desperté. Cuando el sueño no llegaba acostumbraba salir a caminar. No lo sabía entonces, pero ya no volvería jamás. Antes de irme volteé y vi a mi mujer dormida, un sentimiento de compasión se apoderó de mi, la arropé y sin saberlo, aquella noche cuando le besé la frente estaba despidiéndome y también pidiendo perdón.
Con la ansiedad a flor de piel la prisa me invadió, no tuve tiempo de arreglarme, salí presuroso y bajé a la calle. Unos pasos después estaba extrañando un trago. Me sentía excitado como un niño haciendo travesuras, era una noche cerrada y un brisa suave refrescaba el verano.
Sin rumbo caminé durante un largo lapso de tiempo, no comprendiendo las razones de lo que hacía. El camino empedrado que llevaba al bosque estaba rodeado de zarzas. Asomándome a los primeros arboles, en dirección al cruce que llaman "paso de los ciegos" el aleteo de un búho me turbó la mente. La adrenalina ne inundaba el cuerpo y un sudor helado bañaba mi piel, sin motivos eché a correr como un loco. Tenía la extraña sensación de que alguien me llamaba, de que estaba buscando algo y que no lo encontraría atrás, sino adelante. Era un extraña sensación, me sentía liberado al fin, suelto del agobio y la mediocridad de una vida vacía. Corrí movido por la pasión, por la ansiedad y por la esperanza de hallar el futuro que se me había negado. Mis piernas se doblaron por el esfuerzo, temblorosas fueron a dar con una incipiente raíz que atravesaba el camino y caí desfalleciendo. Entonces la vi, entonando su trise canción de amor. Blanca plata brillando a la luz de la luna, cabellos negros como la noche misma.
Me quedé así, sin saber el tiempo que pasó, contemplándola. Tan fría, y a la vez tan cercana, dulce y distante. Yo no podía apartar mis ojos de los suyos, ella también me miró. Fuimos como dos extraños que se piden perdón, y conocí su dolor y la tristeza de sus sueños rotos. Sentí su corazón palpitante cerca del mío, mas en su mirada existía un abismo que delataba que intimaba con la soledad.
Como esas cosas que pasan sin saber porque entendía que yo siempre la había estado buscando y que todos esos caminos recorrido en incontables noches de insomnio habían sido un solo camino, el camino que me trajo hasta ella.
Brillando cual perla se acercó, sin interrumpir su canto jamás, me dedicó una sonrisa y adivinando mis pensamientos me tomó de la mano. Nos abrazamos con la intensidad de dos viejos amantes que se reencuentran. y juntos escapamos a algún lugar lejos de las miradas mezquinas y de los corazones incapaces de comprendernos.
Juntos encontramos una verdad para los dos. Juntos, juntos para toda la eternidad.

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